Hay que bajar a la caverna, porque allí se hallan las respuestas. Un retorno, en realidad, porque la propia vida comienza en una: de la humilde gota sumergida en el templo de Venus, la cueva primigenia donde se gesta un milagro al que ni la ciencia resta maravilla y asombro. Emergemos al mundo desde la oscuridad húmeda y edénica del vientre materno y la luz nos ciega, el ruido nos aturde, los sentidos estallan y lanzamos nuestro grito de auxilio, el llanto primero de la criatura arrojada a la existencia -y luego hablamos del libre albedrío, cuando nadie nos preguntó siquiera antes de encarnarnos.
Durante años caminamos a tientas, aunque el mundo esté lleno de luz, porque el sol solo revela las superficies, si acaso una textura incierta. Hacemos las preguntas y obtenemos un eco burlón, que nos deja sumidos en más dudas que antes de preguntar. Utilizamos la mente como la herramienta definitiva, y ni siquiera sabemos cómo funciona. Palos de ciego, pasos en falso, funambulismo, certezas de quita y pon. Y el corazón como una brújula sin norte.
Así que al final solo queda el descenso a la caverna. Volver al origen, enfrentarnos a la muerte sensorial, al vacío, a la nada más oscura, esa boca negra y silenciosa que nos tragará sin remedio, o nos devolverá a la vida renacidos. Un rito chamánico y ancestral, que aunque cambie en la forma permanece en su esencia. Morir antes de morir, regresar al punto de partida para abandonar todo aquello que nos sobra y continuar el viaje solo con lo necesario.
La caverna es alfa y omega, principio y fin del ciclo, pues allí también acabaremos nuestros días. Y tal vez -solo tal vez- algo nuevo comience. Podrás dar muchas vueltas, pero tarde o temprano te espera la caverna...
Hace unos días estuve visitando una exposición de pintura. Se trataba de una selección de paisajes pertenecientes a los fondos de una colección de una entidad bancaria. Algunas obras databan del siglo XVII y XVIII, pero la gran mayoría habían sido realizadas en el XX, e incluso en el XXI.
Desde mi punto de vista, la mayoría de los cuadros eran mediocres, por no decir algo más desagradable. Creo que nunca había contemplado tanta ramplonería pretendidamente artística reunida en un mismo lugar. Lo cual me hizo reflexionar acerca de un tema que me ha venido ocupando la mente desde hace muchos años: ¿cuál es la esencia del arte? ¿Qué marca la diferencia entre lo que es arte y lo que no lo es? ¿Es posible desarrollar un criterio válido para determinar el verdadero valor de una obra de arte?
Pero antes de eso surge una pregunta mucho más importante, y me centraré solo en la pintura, por simplificar. ¿Por qué pintar? ¿Qué sentido tiene? Si pudiéramos preguntar a cada autor la razón última que le ha llevado a pintar un cuadro, ¿qué nos contestarían?
De hecho, muchos artistas han dejado testimonio de sus propias motivaciones, desde tiempos muy lejanos hasta nuestros días. Si los revisamos, encontraremos que al igual que cada persona es un mundo, cada artista concibe su obra de manera diferente. Saber lo que ellos mismos pensaban de su trabajo puede ser muy esclarecedor, y puede ayudar a entender mejor sus obras. Pero, al final, ha de producirse el encuentro entre el cuadro y el espectador. Y a ese encuentro no se puede acudir con el folleto en la mano. No debería haber intermediarios: es algo entre la obra y tú.
Mientras recorría la exposición, no paraba de interrogar a los autores: ¿para qué pintaste este cuadro? ¿Qué pretendías? ¿Es un ejercicio estilístico, una prueba de pericia técnica, una forma de pasar agradablemente una mañana de otoño? ¿Buscabas trascender la materia, acceder a lo intangible que se oculta tras lo evidente, revelarnos lo que no somos capaces de ver, abrirnos los ojos a facetas ocultas de lo real? ¿Es parte de tu oficio, tu medio de vida, una faena de aliño? Naturalmente, no hay una respuesta única, y en algunos casos ninguna sería aplicable. Y en cualquier caso, eso no resolvería el misterio. Estamos buscando la esencia, lo que convierte una pintura en una obra de arte.
En mi opinión, hay dos factores que confluyen de manera determinante. El más evidente es la técnica. Aunque pueda parecer más sencillo de evaluar, no es del todo cierto. Lo era antes de las vanguardias de principios del siglo XX, cuando toda la pintura era figurativa y estaba sometida a "las reglas de la Academia". Si pintabas un caballo y parecía un burro, o si las columnas del templo estaban torcidas, o si los colores se empastaban formando un marrón grisáceo, el cuadro era malo. Sin más. Cuando contemplas un Velázquez no tienes ninguna duda: ese es Felipe IV y eso un caballo, y eso un huevo frito. Pero con el advenimiento de las vanguardias y la ruptura con la figuración académica, comienzan los verdaderos problemas. De hecho, los que hoy nos parecen maestros del impresionismo o el expresionismo, los fauves, Der Blaue Reiter, los cubistas o los futuristas, en su tiempo fueron tachados de farsantes y locos. Pero lo cierto es que un ojo un poco entrenado puede diferenciar sin lugar a dudas un Van Gogh de un espatulero contemporáneo.
Sin embargo, creo que hay que ir más allá. La técnica es una pista que nos puede ayudar a desenmascarar al impostor, pero no basta. Tiene que haber algo más. Es ahora cuando hay que situarse al otro lado, al del espectador, y plantearse la pregunta: ¿qué busco yo? ¿Qué espero encontrar cuando me enfrento a un cuadro? Cuántas veces habré escuchado, mientras recorría una exposición, comentarios del tipo "eso lo hace mi hijo de cinco años", o "qué maravilla, parece una fotografía". Partiendo de la base de que toda opinión, en lo que al arte se refiere, me parece respetable, confieso que en la mayoría de los casos esos comentarios retratan más al comentarista que al pintor.
Y me atrevo a aventurar una hipótesis. La pintura es arte cuando se establece un diálogo entre la obra y el que la contempla. Para ello, es necesario que el artista haya impregnado con su espíritu el cuadro, haya dejado el rastro de su alma, una huella que podamos percibir; el cuadro nos devuelve la mirada, responde a nuestra llamada y nos muestra sus secretos ocultos. Pero eso solo ocurrirá si hay algo en la obra capaz de reverberar en nuestro interior. El arte se despliega como una vía de comunicación entre el artista y el espectador, y a semejanza de cualquier relación humana, no nos entendemos igual con todas las personas. Algunas nos producen rechazo, otras indiferencia, y en cambio con otras somos capaces de establecer un vínculo, un nivel de entendimiento que va más allá de las palabras. Si se produce la conexión, se obra el milagro.
Decía Edvard Munch: "No concibo un arte que no esté impelido por la necesidad humana de franquear el corazón".
Esa es, para mí, la única guía. Y lo demás, óleo sobre lienzo.
No hay mayor paradoja, ese pájaro muerto tan hermoso, su belleza perfecta, intacta y misteriosa, su presencia inerte es el Ahora, porque la eternidad se manifiesta en su quietud silente. Yace sobre sus alas y el corazón se encoge al contemplarlo, y la mente no encuentra las respuestas: en qué instante se detuvo su vuelo, qué azar llevó su cuerpo hasta esa calle, por qué no cruza el cielo con su color dorado, qué nido ha abandonado para siempre. Está muerto, lo sé -yo también lo estaré, y no seré tan bello. Me pregunto si es justo, pero sé la respuesta. La vida se abre paso entre las sombras, y un buen día se acaba y no hay más dudas. Atraviesas la puerta y luego callas. Allí solo hay silencio.
No piensas en la muerte -ya pensará ella en ti, no te preocupes. A veces se presenta y te saluda, pasa de largo y oyes el susurro. Y como no es tu día sigues adelante, soñando con el tiempo que te queda: todo está bien, la vida es bella, carpe diem.
Tal vez tú no has volado con tus alas, no has contemplado el mundo desde arriba, no te ha mecido el viento, no has sido nunca libre como el ave en su rama.
Y ese pájaro muerto sobre la piedra fría esconde su secreto, y al tiempo lo revela: la muerte solo llega al que está vivo.
Y se hizo la luz... Y allí estaba yo, y lo vio Dios, y dijo: ¿Y este qué hace ahí?
- ¿Adán?- balbuceó Dios con su poderosa voz, si es que es posible eso -balbucear con voz poderosa, digo.
- Pues no, lo siento, me llamo Rafael... ¿Y usted es...?
- Dios, el Creador de todo lo que existe-, y a pesar de la solemnidad de la declaración, su expresión delataba cierta incomodidad.
- Que de momento no es mucho: los cielos, la tierra y la luz, - apostillé. - Y por cierto, si me pregunta mi nombre es porque no sabe quién soy, luego a mí no me ha creado, ¿no?
La cara de Dios era un poema. Estremecedora y sublime faz, rostro resplandeciente, inefable presencia, sí, pero su gesto de perplejidad no dejaba lugar a dudas.
- La verdad es que no esperaba encontrarte aquí. Te rogaría la máxima discreción, pero lo cierto es que Yo no te he creado. ¿De dónde demonios has salido?
- En cuanto a guardar el secreto, no tiene de qué preocuparse, ¿a quién se lo iba a contar? Y respecto a lo otro... Mire, no le voy a engañar, yo me estaba preguntando lo mismo.
Menuda situación. Dios crea la luz, principio de la Vida y el Universo, y ese prístino e inmaculado rayo revela la presencia de un señor con gafas, barba y gesto hierático. Por lo menos tiene nombre de arcángel, pensó Dios para sus adentros, tratando inútilmente de restar importancia al hecho de que alguien se le hubiera adelantado en la gloriosa tarea de traer a la existencia algo de la nada.
Durante unos instantes que se me antojaron eternos -y tal vez lo fueron-, nos miramos fijamente sin saber qué decir.
- Mira, Rafael, no tengo nada contra ti. Aunque no te haya creado a mi imagen y semejanza, me caes bien. Pero comprenderás que no puedo continuar con mi titánica obra y dejarte ahí, sin más. Piensa tan solo en el Génesis: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz. Y un señor que se llamaba Rafael."
- No, si sonar, suena raro. Y poco épico, la verdad, - no tuve más remedio que admitirlo.
- Si solo fuera eso... Pero piensa en lo que esto implica, imagina las consecuencias. Si no te he creado yo, ¿quién ha sido? ¿El Demonio? ¿Generación espontánea? ¿Cómo explico yo esto a la Humanidad?
- No te ofendas, pero para ser Dios tienes demasiadas dudas. ¿No eras omnisciente?
- Todos exageramos un poco en el currículum. Lo sé casi todo, pero aquí me has pillado.
La situación empezaba a resultar incómoda. La Creación a medio hacer, paralizada por mi inesperada aparición. Un Dios dubitativo, la posibilidad de una presencia ominosa agazapada en las sombras del caos, y esa criatura barbada de aspecto frágil y circunspecto, tratando de explicarse su propia existencia al margen de la intervención divina.
- Tal vez no sea el mejor momento, pero esto me hace recordar algunas cuestiones que siempre me han atormentado: ¿Qué había antes de la Creación? Si no había nada, ¿de dónde salió Dios? ¿Significa eso que Dios es la Nada? ¿Cómo puede concebir el ser humano el concepto de infinito? ¿Qué es la energía oscura?
Dios me miraba sin terminar de comprender a dónde quería ir a parar. O tal vez solo estaba esperando a que me callara para fulminarme con un rayo y acabar así con el absurdo embrollo que se le había presentado -y nunca mejor dicho- de la noche a la mañana.
- Rafael, mi Misericordia es infinita, pero mi Paciencia tiene un límite. Y el tiempo de que dispongo para terminar la Magna Opera también. Te voy a dar una oportunidad para evitar la aniquilación -insisto, no es nada personal. Elige una época de la Historia -bueno, trata de imaginarla-, y te devolveré a la existencia cuando llegue el momento. Mientras tanto, irás al Limbo y te estarás quietecito. Ya verás, es un lugar muy agradable...
Al limbo o a la no-existencia. Visto así, no tenía muchas opciones.
- Elige tú la época. A mí me faltan datos. Y entre no ser y ser, lo mismo me da cuándo, pero siendo.
- Sea, - dijo Dios, sin duda exagerando un poco la grandilocuencia del momento. Pero qué caramba, era un designio divino.
Poco antes de desvanecerme camino del Limbo, me pareció escuchar un tronar de trompetas, un celestial suspiro de alivio, y una risita apagada que emergía, apenas perceptible, desde las profundas tinieblas del Abismo...

Como un Rolex comprado en el chino del barrio. Enterrado en mentiras -sofisticadas, perversas, matemáticas, razonables, radicales, blandas, silenciosas, educadas, podridas, verdaderas y aceptables. Asfixiado por el aire enrarecido y mohoso, tantas veces respirado, la atmósfera opresiva de ese universo estanco con estrellas pintadas de blanco Titanlux. Yo no sé si podré salir de aquí algún día, no sé si encontraré la salida, porque ni siquiera estoy seguro de que exista. Tal vez alguien cerró el candado y arrojó la llave al fondo del mar, matarile, quizá fui yo y si te he visto no me acuerdo. Como cuando salías a la pizarra y te plantabas allí en medio, con el brazo colgando como si la tiza pesara cuatrocientos kilos, y todos los ojos te atravesaban mientras tú solo soñabas con que el tiempo se detuviera para poder salir corriendo y no volver jamás. Pero dos tercios entre tres quintos más cuatro octavos y al final vuelva a su sitio, no sé para qué me molesto en intentar enseñar a estos burros, para mañana me copian dos veces la página cincuenta y siete y que suene el bendito timbre de una vez.
Y ya tampoco conservo aquella cajita de terciopelo verde donde guardaba los viejos tesoros -los cromos, las chapas, tres canicas de ojo de gato, un rodamiento, un lápiz con dos puntas- que eran lo único que todavía me recordaba que hubo un tiempo feliz, una infancia sin edad, una eternidad hecha de sueños pueriles y amados que me llenaban el corazón de esperanzas. La perdí, cayó al abismo donde se deshacen las ilusiones, se hundió en el mar oscuro del olvido, mientras la mirada se ahogaba para siempre en ese horizonte sin luz en el que nunca hay atardeceres rojos.
Sigo el camino de tantos que se extraviaron en busca de una verdad, vagando por laberintos dorados, guiado por la luz incierta que se apaga apenas la acaricias. Abriendo puertas, recorriendo pasillos interminables que no conducen a ninguna parte, espirales de dudas, acantilados sin eco, grutas voraces que te engullen y te escupen -no es nada personal, solo dios o el destino.
Apaga y vámonos, es el lema que mandé pintar en mi escudo. A buenas horas.

Recogía flores, como si buscara el significado de los acontecimientos en el indescifrable código de las enigmáticas formas vegetales. Como si pudiera llegar a entender su propia existencia por el mero hecho de observar con intensa atención las inflorescencias, los pistilos y estambres, los sépalos, los flexibles tallos, la translucidez luminosa de las corolas. Acariciaba su suave textura, haciendo girar con dos dedos, como una sombrilla diminuta, cada pequeño hallazgo florido. La espléndida y delicada rojez de la amapola, la humildad aromática de la manzanilla, la anónima sencillez de esas espiguitas que imitan al trigo y que siempre terminan agarrándose con sus dorados anzuelos en los calcetines del incauto paseante.
A veces se tumbaba en algún prado, y contemplaba absorto durante instantes eternos cómo la mas leve brisa hacía cimbrearse el bosquecillo de hierbas, llevándose en sus brazos invisibles una hojita, o unos granos de polen. Asistía hipnotizado a las misteriosas danzas de las abejas, o al desfile disciplinado de las hormigas, o al errático deambular de un pequeño escarabajo dorado que parecía haber perdido la brújula en alguna oquedad del camino. Una oruga retorcía su blando cuerpo rayado en torno a su alimento del día; dos mariposas parecían perseguirse en un ritual amoroso, trazando en su vuelo deliciosos bailes; la escurridiza lagartija acechaba agazapada, inmóvil, convertida en hierba y tierra, discreta depredadora. Todo era vida, y muerte, ciclo y órbita, mutación y ley.
Regresaba a las calles con la ropa manchada, las manos sucias, ramitas en el pelo y algún hermoso tesoro entre los dedos. Nunca comprendería la mecánica vital, el porqué de las cosas, el ruido y la furia, el orden y la geometría, la moda o el tráfico. Pero llevaba en los ojos la sinuosa silueta de un cardo, el brillo de la telaraña, la apacible lentitud del caracol. Y sonreía, sin saber por qué, sin importarle a quién, tal vez porque conocía el lugar donde podía ser, solo ser, sin tener que parecer: su jardín secreto, a la vista de todos, y sin embargo, oculto.
El día de su séptimo cumpleaños, Hiroshi pudo al fin cumplir su sueño de visitar la ciudad. Habiendo quedado tristemente huérfano con apenas unos meses, había sido criado por tres tías, hermanas de su madre, en una apartada granja en la región boscosa de Shinokuke. Creció feliz, amorosamente protegido, educado con el mayor esmero posible considerando la humildad de su familia adoptiva. Su mundo en esos primeros años fueron los bosques eternamente verdes y húmedos, la sencilla huerta que les proveía del sustento diario, la pequeña casa de madera que parecía haber brotado del suelo hacía milenios. Sus compañeros de juegos fueron las inquietas y tímidas criaturas del bosque: pájaros carpinteros, pequeños roedores, salamandras e insectos. A todos los conocía y llamaba por su nombre, aunque a decir verdad, muchos se los inventaba: Moguri, Chitawa, Nosuke, Wataru... También había un perro, que Hiroshi consideraba suyo, a pesar de que nunca supo de dónde había salido, ni dónde dormía o quién le daba de comer. Estaba muy flaco, cojeaba y tenía el pelo siempre enmarañado, pero en su mirada se podía ver un alma compasiva.
En las noches de invierno, cuando la nieve rodeaba la casa y todos se arremolinaban en torno al fuego, sus tías le contaban el cuento de Momotaro, el niño que unos ancianos encontraron dentro de un melocotón gigante. Y él se imaginaba que, como el pequeño protagonista de la historia, con los años se convertiría en un héroe de leyenda.
En sus primeros siete años de vida, Hiroshi solo tuvo contacto con sus tías, porque la montaña en la que vivían era de difícil acceso, y no era lugar de paso en ningún camino. La familia se autoabastecía, y sus sencillos hábitos no requerían nada que no pudieran proporcionarse a sí mismos con los recursos que la naturaleza les ofrecía. El universo de Hiroshi era hermoso y puro, virginal, edénico, pero solitario. No echaba de menos nada, porque solo conocía ese diminuto fragmento de mundo que le rodeaba, y allí era feliz. Tan solo se preguntaba cómo sería esa gran ciudad de la que había oído hablar en alguna ocasión a sus tías. Ellas, al ser interrogadas, trataban de cambiar rápidamente de tema, pero ante la insistencia de Hiroshi acababan prometiéndole que, cuando fuera un poco más mayor, le llevarían a conocer la ciudad.
Y así, la noche anterior a cumplir siete años se convirtió, también, en la víspera del día en que conocería la ciudad por fin. Apenas había amanecido cuando Hiroshi saltó de su jergón y despertó a todo el mundo, apremiándoles para emprender cuanto antes el viaje. Las caras de sus tías reflejaban más preocupación que alegría, pero el entusiasmo de Hiroshi era tan conmovedor que acabó contagiando a toda la familia. En menos de una hora recogieron todo lo necesario para el viaje, y se pusieron en camino. Cuando empezaron a descender la pronunciada pendiente que les llevaría al estrecho camino que conducía a la ciudad, Hiroshi volvió la vista atrás, como impulsado por un presentimiento inquietante. Junto a la puerta de la casa pudo ver a su perro, que les seguía con la mirada como si se despidiera para siempre de un viejo amigo. Hiroshi sintió un extraño escalofrío, una súbita ráfaga de viento agitó las ramas de los árboles y un cuervo levantó el vuelo dibujando en el aire un presagio.
Tras varias horas de agotadora marcha, en las que el pensamiento de Hiroshi vagó sin rumbo por absurdas fantasías, mecido por oscuras premoniciones y luminosas utopías, al fin pudieron divisar los primeros tejados de la ciudad. A medida que se acercaban, las tías de Hiroshi iban acortando el paso, caminando cada vez más lentamente, como si tuvieran miedo de llegar a su destino. Finalmente se detuvieron, apenas a unos cientos de metros de los primeros signos de territorio habitado. Hiroshi las miró perplejo:
- ¿Qué os pasa, tías? ¿Por qué nos paramos aquí? Ya casi estamos.
- Hiroshi -dijo su tía Tamiko-, hay algo que quizá deberíamos haberte dicho hace tiempo, y tal vez aún no sea demasiado tarde para hacerlo.
Las tías Tamiko, Nayumi y Tsubane se miraban nerviosas, sin saber muy bien qué hacer, mientras el nerviosismo de Hiroshi crecía y le hacía enrojecer por momentos.
- ¿Qué es eso tan importante que no puede esperar a que lleguemos a la ciudad?
- Hiroshi -intervino Tsubane, la más dulce de las tres-, sabes que eres como un hijo para nosotras, y que como a tal te hemos criado con todo nuestro amor. Todos estos años hemos intentado protegerte, mantenerte alejado de los males de este mundo. Pero tarde o temprano era inevitable que quisieras ensanchar tus horizontes y conocer nuevos lugares y a otras personas. Ahora que ha llegado ese momento, es nuestra obligación revelarte algo de vital importancia. Querido Hiroshi, tú no eres como los demás. No hay nada de malo en ser diferente, pero en muchas ocasiones la gente rechaza a los que no son iguales, porque sienten un miedo irracional y absurdo. Ese rechazo te hará sufrir, y nosotras no queremos que eso te suceda.
Hiroshi miraba a sus tías sin terminar de comprender a qué se referían. Claro que él era diferente: todos lo eran. ¿Qué había de extraño en eso?¿Por qué iban a rechazarle o a temerle a causa de su aspecto?
- No me importa -dijo Hiroshi, y dándose la vuelta se encaminó con paso decidido hacia la ciudad. A medida que se adentraba en las calles, se sorprendió al comprobar que los temores de sus tías eran completamente infundados. Era cierto que cada habitante era diferente, que cada persona que se cruzaba tenía sus propias peculiaridades: aquel, unas brillantes escamas violetas; ese otro, un solo cuerno y seis tentáculos; la que se asomaba a la ventana, unos élitros tornasolados y hermosos ojos compuestos. ¿No era ese el secreto de la belleza, el inmenso surtido de los matices, la inacabable variedad de las formas...?
Y justo cuando estaba a punto de darse la vuelta para ir a buscar a sus tías y sacarlas del error, escuchó el primer grito. Se giró bruscamente y contempló horrorizado aquellos ojos desencajados, aquellas manos, zarpas, garras y alas señalándole, todos aquellos honrados ciudadanos huyendo y gritando, escondiéndose en sus casas, recogiendo y apartando a sus hijos para ponerlos a salvo. En poco más de un minuto, Hiroshi se encontraba solo en medio de la calle, con la mirada perdida en el desierto horizonte de lo que ahora era una ciudad fantasma.
Sintió a su espalda los pasos de sus tías que se acercaban en silencio. La peluda zarpa de Nayumi cogió cariñosamente su manita y con suavidad le condujo de nuevo en dirección a su hogar, a sus amadas montañas, lejos de aquella urbe que algún día, mucho tiempo atrás, había sido, como él, humana.