martes, 6 de mayo de 2014

Misterios desvelados






Vivir en una ciudad Patrimonio de la Humanidad suele suscitar la sana envidia de quienes no disfrutan de tal privilegio. Segovia es una ciudad hermosa, sí, bellamente ornada con la magnífica sobriedad de sus iglesias románicas, su gótica y pálida catedral, su Alcázar de cuento y, especialmente, su impresionante acueducto romano. Tan espléndida, esbelta y armoniosa obra de ingeniería no puede sino despertar la rendida admiración de quienes la contemplan, incluso tratándose de los residentes habituales, a los que ni siquiera la costumbre de verlo a diario puede disminuir el comprensible orgullo de disfrutar de su majestuosa presencia.

Sin embargo, el visitante ocasional, el turista o el viajante, todos ignoran la terrible verdad que se esconde tras la elevada magnificencia del conjunto monumental. Es un secreto celosamente guardado durante mucho tiempo, y soy consciente del grave peligro a que me expongo por revelarlo públicamente, pero no puedo seguir soportando tan pesada carga yo solo. Alguien tenía que decirlo.

Sé que costará creerlo, porque también yo dudaría de la veracidad de este testimonio si alguien me lo revelara. Desgraciadamente, la verdad no depende de nuestra credulidad. La verdad es, aunque nos pese, aunque nos duela.

Pues bien, han de saber ustedes que todos los domingos, cuando el último de los turistas abandona Segovia, los que nos quedamos tenemos que afrontar la dura tarea de desmontar el acueducto. Para explicar tan asombrosa revelación, hay que remontarse a la conocida leyenda de su mítica construcción. Para quien no conozca dicha leyenda, la resumiré diciendo que fue el propio Satanás quien se encargó de la edificación, dirigiendo un ejército de demonios. En su afán por arrebatar su alma cándida a una moza que acarreaba el agua en pesados cántaros, el Príncipe de las Tinieblas se comprometió a construir el acueducto para evitarle tan tediosa tarea. Sin embargo, la moza urdió un engaño y finalmente conservó su divino don y, de paso, los segovianos ganaron un acueducto inmortal.

Pero -y ya sabemos en quién se han inspirado nuestras amadas entidades bancarias-, nadie pareció fijarse en una pequeña cláusula, no por escrita con sangre y en caracteres minúsculos menos válida y de obligado cumplimiento. Según ese casi imperceptible renglón del contrato de compraventa de almas, si la parte contratante de la primera parte no cumplía honestamente con su parte contratante de la primera parte, la parte contratante de la segunda parte podía exigir el desmantelamiento del monumento. Por fortuna, el Rey del Mal anda muy atareado los fines de semana, y solo puede comprobar el cumplimiento del acuerdo de lunes a viernes. Así pues, todos a una, los sufridos habitantes de esta ciudad nos vemos obligados a deconstruir -para ser más exactos, desconstruir- el emblemático ingenio cada domingo, puntualmente. ¿Que cómo lo hacemos? Es una mera cuestión de organización. A cada ciudadano se le asigna una piedra, que previamente se ha numerado. En estricto e inalterable orden, uno por uno van siendo retirados los bloques de granito y transportados en unos carritos especialmente diseñados para tal función. La célebre construcción a hueso facilita enormemente la tarea. Lo cierto es que solo desmontamos la parte más visible, la que ven los turistas, porque Segovia es una ciudad muy pequeña y no damos para más. Alguno se preguntará cómo es posible que nadie se haya dado cuenta. Es sencillo: aquí nos conocemos todos, aunque sea de vista, y si detectamos algun intruso tenemos instrucciones precisas de hacerle abandonar la ciudad -por las buenas o por las malas. Sobre este particular no puedo ser más explícito, por razones obvias.

Naturalmente, cada viernes por la noche hay que volver a montarlo, invirtiendo el proceso acometido el domingo anterior. No faltan anécdotas sobre esta estrafalaria costumbre, como aquella vez en que el encargado de colocar la primera piedra no acudió a su hora, y para no perder tiempo, el segundo ocupó su lugar. Cada piedra se desplazó una posición respecto a su diseño original, y el resultado fue que durante ese fin de semana en Segovia se elevó, orgulloso, el acueducto de Mérida. Y nadie pareció darse cuenta...

Ahora ya conocen la verdad. La próxima vez que visiten Segovia, entenderán por qué sus habitantes no derrochan simpatía: es puro agotamiento.

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